por Bernardo Saravia Frias8 octubre, 2019
Federalismo de concertación

Tal vez más que cualquier otra ciencia social, el derecho se vale de la palabra como herramienta para su desarrollo. Para algunos, como ciencia que es, exige una calibrada precisión en sus términos; fundamento y presupuesto de la seguridad jurídica. En el otro extremo, están los que directamente inventan derecho con palabras; una partenogénesis conceptual y a veces hasta institucional, un desafío al principio nihil nuovo sub sole, que la más de las veces desconcierta (salvo al leguleyo, claro, muy cómodo entre sus oscuros términos).

Hay pocas veces, sin embargo, en que esas creaciones lingüísticas, lejos de forzados rebusques son aciertos. Y aciertos mayúsculos. Es el caso del “federalismo de concertación” de Pedro J. Frías. Ese concepto sintetiza la historia argentina. Sí, el mayor problema, el que la define desde nuestros orígenes: el vínculo entre Nación y Provincias. Si hay algo en lo que hemos fallado los argentinos es en cómo resolver ese intríngulis. Frías no sólo entiende el dilema: con la frase, define una propuesta de solución.

Alberdi planteó la cuestión en su Sistema Rentístico. Desde entonces hasta hoy, los retrocesos han sido más que los avances: no logramos consolidar un federalismo auténtico; peor aún, no pudimos desarrollar un federalismo moderno, adaptado a los tiempos. El pesimismo de Martínez de Estrada se impuso como una gran verdad: Buenos Aires la cabeza de Goliat, y el resto del país el raquítico cuerpo de David. Con abusos de ambos lados, de Nación y de Provincias, en un constante tironeo que esconde sumisiones e irresponsabilidades inadmisibles bajo nuestra Constitución.

Cuando la cuerda política se tensa en demasía, el remedio es recurrir a la justicia (especialmente en tiempos de signos políticos distintos o electorales), que queda entrambos contendientes buscando equilibrios imposibles e incómodos. Ahí radica el problema: en ver sólo la dimensión agonal y no arquitectónica; entenderlo como una lucha y no como un desafío de construcción. Y claro, como decía el buen Bergson, “un problema bien entendido, es un problema resuelto”. Y a la inversa, cuando planteamos mal los términos de una ecuación, el resultado necesariamente es el error. Un error que los argentinos venimos repitiendo incesantemente.

El oportunismo no es el vector de salida. Es tiempo de honrar el federalismo con una ley que deje en claro qué es de cada quién con el respeto que nos debemos todos como parte de una misma de Nación, más allá de las banderías políticas.