por Bernardo Saravia Frias24 septiembre, 2019
Selfies y derecho

Así como existe una historia del derecho, la hay de la mirada. Es un transcurrir desde el retrato pictórico, que pasa por la fotografía tradicional y llega con la tecnología a lo que se ha dado en llamar selfie (anglicismo que refiere a “foto de uno mismo”).

Las implicancias del recorrido histórico son muchas. La mirada del pintor, que con todo el tiempo que confieren los colores y pinceles, puede retratar con astucia y detalle (más o menos benevolencia con el objeto pintado), a la del fotógrafo urgido por la necesidad de encontrar el trouvaille o lucky find que caracteriza una buena imagen; y de allí, al fenómeno de la selfie, en la que el ojo del fotógrafo es reemplazado por el de quién antes era el objeto, el fotografiado.

El giro que plantea el desarrollo es profundo: al final del recorrido, en la selfie, es el ojo de uno mismo, que se mira fuera de sí y se retrata. Paradójicamente es lo más cercano al origen mitológico de la fotografía: la autoscopia (en psicología, la experiencia en la que el individuo ve su propio cuerpo desde una perspectiva fuera de su cuerpo, propio de la esquizofrenia). Se trata de un giro copernicano del punto de vista: del ojo del pintor, al ojo del fotógrafo, al ojo del propio fotografiado; trasciende la fotografía como tal, revela un modo de verse y, por tanto, de entenderse (que tenemos como sociedad). Una mirada solipsista y a veces banal, que hace caso omiso de lo que lo rodea, con tal de dar testimonio de uno mismo, para uno mismo (basta ver los selfistas en acción en las calles).

Se transformó también el acto de creación, especialmente por cómo el vector del tiempo lo ha ido mutando: lo súbito de la tecnología lo acelera: no hay tiempo, hay instantes, y eso se refleja en el vértigo, en la instantaneidad del aquí y ahora que representa la selfie. Y como la fotografía no sólo se relaciona con la pintura sino (especialmente) con el teatro, esto tiene también su reflejo en el encuadre: el recorrido histórico cambió el modo en que nuestro ojo encuadra, modela un trozo de realidad y lo plasma en un “espacio tiempo” (desde el cuadro, a la foto, hasta la imagen en el teléfono) con aspiración de desafiar la eternidad.

Hay una notoria analogía con el derecho: cualquier hombre de leyes es un fotógrafo, que ante una situación concreta tiene que encuadrar hechos y normas para dar una respuesta (sea juez, abogado defensor o demandante); se trata, en todos los casos, de intentar que prevalezca un punto de vista, admitiendo y tolerando los otros. Y en esa faena, es vital el trouvaille o lucky find; lo que Barthes (en su libro Camera Lucida) llamó el punctum, aquello que marca la diferencia; ese argumento que fundamenta el punto de vista único, que se termina imponiendo por su potencia de expansión, convenciendo.

Y al igual que la fotografía, ese enmarque debe tener un estilo. El buen abogado no se limita a iterar artículos y latinazgos; se trata sustancialmente de evitar el cliché (como tampoco lo puede ser la foto, la buena foto), la mera repetición de naderías y lograr aquello que nos hace pensar y dar un giro de posición; para eso debe sugerir con elegancia, hacer pensar: es el arte de interpretar y hacerse interpretar sin la vulgaridad de argumentos copiados y pegados sin recato.

El vector de la contingencia, el aquí y ahora, lo súbito, no es patrimonio exclusivo de la selfie. Lo es también, en parte hoy, del derecho. Y este es el mayor desafío: como aprehender una realidad cada vez más instantánea, cada vez más vertiginosa, sin que se pierdan dos cosas, muy distintas pero fundamentales en la esencia del derecho: la mirada compasiva hacia el otro y la estabilidad, que debe asegurar trascender lo efímero (en definitiva, la seguridad jurídica). Saquemos una selfie